Lola Arias

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Lola Arias

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LA MEMORIA ES UN VIDEOGAME

Radar — Página 12 - 2010

Cuando me preguntaron si quería escribir sobre mi película preferida, hice una lista de las películas que me más me gustaban y me di cuenta de que la lista era larga y deforme, que iba desde Vive l’amour de Tsai Ming Liang o Liverpool de Lisandro Alonso hasta Amateur de Hal Hartley, y se hacía cada vez más azarosa e infinita. Y cuando quise elegir una película entre todas, me di cuenta de que tenía que volver a verlas, que mi memoria las mezclaba todas como un gran film que sólo existe dentro de mí. Y finalmente decidí escribir sobre una película que habla de la memoria y la ficción.

Inmersión (2009) de Harun Farocki es una video-instalación con dos pantallas que dura de 20 minutos. En una de las pantallas vemos a un soldado americano con auriculares y anteojos de realidad virtual; en la otra, un videogame que representa una escena que él vivió en la guerra de Irak. El soldado cuenta su experiencia y una psiquiatra con uniforme militar lo reproduce con un programa virtual que tiene imágenes prediseñadas de todo lo que hay en esta guerra (tanques, mezquitas, casas, calles, musulmanes).

El soldado dice: “Iba en un tanque con otros soldados por una calle en Bagdad”, y no había nadie en las calles. La psiquiatra mueve los controles de su tablero y aparece en la pantalla la cámara subjetiva de un auto que va por una calle vacía. El soldado dice: “Escuchaba bombas a lo lejos”, y la psiquiatra aprieta un botón y se escuchan bombas. El soldado dice: “Bajamos del auto, mi jefe iba delante de mí, pero al doblar una esquina empezó un tiroteo muy fuerte y lo perdí”. El soldado baja la cabeza, llora y quiere sacarse los anteojos de ver el pasado, dice que no puede seguir contando lo que pasó. La psiquiatra le ordena que siga con el relato. El soldado cuenta cómo escuchó una explosión y se escondió porque tenía mucho miedo; y cuando volvió a buscar a su jefe, encontró su cuerpo esparcido por todo el lugar en varios pequeños pedazos. La psiquiatra le dice: “Gracias, bien hecho”. El soldado se saca los anteojos de realidad virtual y sonríe a su público. La función terminó y los otros soldados que estaban mirando la remake aplauden enfervorizados.

El departamento psicológico del ejército americano ha creado una forma de terapia por realidad virtual para tratar a los soldados traumatizados que vuelven de Irak. Pero lo que vimos no es un soldado realizando el tratamiento en vivo sino una demostración actuada hecha por otros psicólogos militares para vender el software del tratamiento.

Vi esta película en un museo en París el año pasado y hacía mucho que no lloraba en un museo. Ninguna imagen real de la guerra por televisión, ninguna madre llorando a su hijo muerto con los brazos estirados en una foto del periódico produjo en mí la conmoción de la reconstrucción ficcional de una experiencia de guerra en forma de videojuego.

Una pantalla muestra al narrador, otra muestra una ficción nacida de su memoria. El relato es trágico, pero más trágico aún es la relación del soldado con su superior –la psiquiatra en uniforme–, que le ordena que vuelva ahí donde está el horror, que reviva eso que no se puede contar, eso que no tiene palabras.

En Inmersión se representa la guerra de ahora, una guerra con soldados entrenados con simuladores, con terroristas musulmanes en forma de dibujito, con tanques y aviones manejados a control remoto desde ciudades lejanas. Esos soldados entrenados con imágenes de videojuego van a la guerra con su propio cuerpo y paradójicamente, al volver de la guerra, se encuentran de nuevo frente a una simulación que intenta curarlos de la realidad, de lo que vieron en vivo y en directo.

En el film se abren preguntas sobre cómo reconstruir el pasado, sobre cómo la simulación de la realidad puede ser una forma de entrenamiento y de curación de la realidad, sobre el mercado de la guerra y la tecnología.

Cuando vi esta obra de Farocki acababa de estrenar Mi vida después, una obra donde actores que nacieron en la dictadura reviven escenas de la vida de sus padres cuando eran jóvenes. Pensé en la escena cuando Carla reconstruye la muerte de su padre, que era sargento del ERP en Monte Chingolo y ella y los otros actores lo representan. En la reconstrucción de parte de la hija hay una voluntad de revivir la vida del padre como si fuera un doble de riesgo. Pero por sobre todo esa escena hace visible que el pasado es una ficción, un relato que se reinterpreta una y otra vez.

Mientras ensayaba Mi vida después, yo me sentía como una psiquiatra experimental haciendo revivir a los actores historias –a veces traumáticas y a veces no– de sus vidas y la de sus padres sin saber muy bien a dónde me llevaría. Nunca lloré y me reí tanto en un proceso de ensayo. Y creo que pudimos hacer la obra porque la historia violenta y absurda de nuestro país a veces nos hacía reír, porque al analizar las historias privadas en su contexto histórico entendimos algo más, porque pudimos mirar la vida de cada uno con una cierta distancia, como si fuera una película.