Lola Arias

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EL AMOR EN TIEMPOS VIRTUALES

Radar — Página 12 - 2014

Dries Verhoeven, un verdadero genio del arte performático, aterrizó en Buenos Aires movido por el impulso de alejarse de la polémica que trajo su obra Wanna play, El amor en tiempos de Grindr, uno de los proyectos más osados que se hicieron en Berlín en los últimos tiempos.

Dries es holandés, pero vive en Berlín hace cinco años. Nació en una familia muy católica, hijo de un padre pianista que se dedicó a ser profesor de piano y una madre pintora que casi no vendió ningún cuadro. “Cuando era chico, mi madre y yo íbamos a pintar al bosque con unos atriles, pero yo no quería ser artista: quería ser panadero, como mi abuelo. Mis padres dijeron que era demasiado inteligente para eso. Así que a los diez años decidí que iba a ser manager de hotel. Era un niño muy obstinado. Cuando terminé el secundario, ya no estaba tan seguro de querer ser manager, pero mantuve mi promesa. Hice un año la escuela de hotelería y luego me cambié a la Escuela de Arte de Maastrecht. Entonces me hice punk y vegetariano. A los veintiuno me di cuenta de que me gustaban los chicos y el teatro, así que salí del closet y me especialicé en escenografía.”

Dries hizo una carrera brillante de escenógrafo en teatro, danza y ópera: creó una escenografía con un piso conformado por 37.000 jabones de glicerina donde los performers se resbalaban incansablemente, construyó un ejército de cien soldados autómatas tamaño natural, logró hacer nevar adentro de un teatro con ayuda de unas pelotitas de telgopor que, a medida que la obra avanzaba, cubrían el cuerpo y los objetos de la obra. Hasta que se dio cuenta de que eso ya no era suficiente. Quería dar un paso más.

“Cuando era escenógrafo, los directores me pedían que pusiera a los espectadores en el mismo espacio de los actores. Pero yo quería ir más lejos, quería que los espectadores vivieran la experiencia. Para hacer algo que sea siempre igual, ya existen el video y el cine. Yo quería hacer un teatro donde cada representación fuera única, y para eso había que darle al espectador un rol en la obra.”

La primera obra de Dries se llamó Thy Kingdom Come (Hágase tu reino) y dio la vuelta al mundo. Dos espectadores entran a un container por lados opuestos y quedan uno frente al otro separados por un vidrio, como en una especie de peep show. Cada uno escucha una voz que pretende ser la voz interior de la persona que está enfrente. La voz les da instrucciones para que hagan determinadas cosas, acciones, gestos, que nunca tienen el mismo sentido para el que los hace que para el que los mira.

“Es una performance muy íntima. Estás frente a un desconocido y una voz te hace imaginar qué pasaría si ésa fuera la única persona que queda en el mundo. Es como si te quedaras atrapado en un ascensor con alguien y la situación se extendiera durante horas, días, meses. Esa persona se convertiría en la persona más importante de tu vida. Podría ser tu mejor amigo, tu amante…”

Muchos de los proyectos que Dries hizo después convierten al espectador en protagonista de una experiencia que transcurre en espacios reales o imaginarios. En The Big Movement, un grupo de espectadores entra a un pequeño cine en un espacio público y ve una película que cambia según lo que suceda ese día en ese lugar, puesto que la película es la realidad subtitulada. En You Are Here, cada espectador entra a un cuarto de hotel construido en un teatro y comienza a conectarse con otros espectadores a través de notas que se deslizan debajo de las puertas. En No Man Land, un espectador sigue por la ciudad a un guía extranjero mientras escucha una grabación por unos auriculares. El texto, compuesto por una serie de entrevistas con refugiados o inmigrantes, lleva al espectador a proyectar en su guía una historia de vida.

UN GPS LLAMADO DESEO

Pero fue en su última obra, Wanna play, donde Dries se puso a sí mismo en el centro de la escena. En una placita del barrio de Kreuzberg, corazón hipster de la ciudad de Berlín, instaló un container de vidrio y se fue a vivir allí durante 15 días. El desafío era comunicarse con el exterior solamente a través de Grindr, la aplicación que permite hacer citas con otros hombres gays localizándolos inmediatamente mediante un GPS. Así, en la cola del supermercado, en un café o andando en bicicleta, cualquiera puede detectar quién es la persona más cercana dispuesta a tener un encuentro sexual.

Durante la performance, Dries, de espaldas al público, mantenía conversaciones por chat con diferentes hombres. El texto de los intercambios se proyectaba de forma anónima en una de las paredes del container, junto con las fotos de perfil –en negativo– de cada uno de los interlocutores. Cada día Dries se ponía en contacto con algún usuario de Grindr y lo invitaba a participar de algún tipo de encuentro no sexual: tomar una sopa, contarse el pelo, dormir, jugar al ajedrez. Las conversaciones eran observadas en el espacio público por las personas que pasaban por el lugar. Cuando alguien aceptaba la propuesta (cocinar juntos, por ejemplo), Dries lo invitaba al container. Todo lo que sucedía adentro quedaba velado por una cortina; los espectadores sólo podían ver las siluetas de dos hombres conversando o comiendo.

Dries comenzó a pensar en este proyecto cuando se dio cuenta de los efectos que Grindr tenía en su vida social y amorosa. “En un momento comprendí que Grindr estaba privándome de mi autonomía. Había cambiado completamente mi forma de acercarme a las personas. Empecé a sentir que estaba formateando mi forma de flirtear, de presentarme a mí mismo. Y al mismo tiempo empecé a pensar en la potencialidad performática de la aplicación. Entonces se me ocurrió la idea de compartir todo esto con los espectadores.”

Wanna play no es la primera obra que trabaja con una aplicación. Muchos artistas contemporáneos están desarrollando proyectos que usan aplicaciones con propósitos diferentes de aquellos para los que fueron creados. Hay incluso quienes inventan aplicaciones que proponen nuevas formas de relacionarse: Miranda July, por ejemplo, con su aplicación Someone, que invita a usar a otras personas analógicas para llevar mensajes importantes, igual que los reyes se valían de emisarios cuando no existían el correo, los mails, los sms y todo lo demás. Pero lo particular del proyecto de Dries es que pone el dedo en la llaga en la relación entre redes sociales y mercado, reflexionando sobre el tipo de identidad y de formas de relación que se van instalando en nuestra sociedad de forma casi imperceptible: “Grindr, como muchas de las redes sociales que existen, es una herramienta de marketing. Uno hace marketing de sí mismo. Y como, claro, ésta es una aplicación para conocer posibles amantes, todo es sobre tu potencial sexual. Uno aprende a describirse en términos pornográficos. Y así es como te vas dando cuenta de que todo lo que es original o especial no resulta tan atractivo. Entonces, para ser más popular, empezás a hacer copy paste de frases ajenas. Es lo mismo que pasa con Facebook”.

Wanna play tiene un subtítulo: “El amor en tiempos de Grindr”, y pone el foco en el amor en el mundo gay contemporáneo. Si el amor es uno de los pocos terrenos donde no funcionan las leyes de mercado ni el intercambio de bienes reales o virtuales, donde sólo se puede correr riesgos, ¿qué tipo de amor se puede encontrar en Grindr?

“Grindr es una herramienta extraordinaria cuando estás buscando sexo rápido, pero el problema es que también terminás usándola para encontrar pareja. Y para eso no funciona, porque deja afuera la personalidad, la vulnerabilidad, la intimidad. Todos los que participan de la comunidad Grindr son NSA (No strings attached, ‘Sin Ataduras’). Entonces ¿cómo encontrar amor? En ciudades como Amsterdam, Londres o Bruselas, los bares y las fiestas gays fueron desapareciendo por la masiva expansión de Grindr, que te permite conocer a alguien sin tener que salir de tu casa. En realidad, la comunidad gay se está volviendo otra vez invisible.”

En Wanna play, el dispositivo del proyecto pone en escena la vida virtual en el espacio público. No se trata de la intimidad vuelta espectáculo de un reality show que aísla a un grupo de personas para poner a prueba sus relaciones y registrar y trasmitir todos sus movimientos con un millón de cámaras. Se trata de un artista metido en un cuarto de vidrio y dedicado 24 horas por día a hacer contactos por Internet. Una suerte de cura por exceso: como quien decide fumarse diez paquetes por día para dejar de fumar, Dries se envenena de Grindr hasta limpiarse.

“Grindr es adictivo, te vuelve completamente dependiente. Y cuando estás en una relación con alguien es mucho más difícil soportar el conflicto, la frustración o el aburrimiento, porque tenés la sensación de que podés encontrar a alguien mejor en cualquier momento. ¡Sólo tenés que meter la mano en el bolsillo!”

Wanna play es una suerte de espejo colocado en medio de la ciudad, donde los paseantes ven cómo se vive dentro de Internet: cómo cada uno se presenta, cómo se flirtea, cómo se va construyendo una relación con un desconocido. Pero la obra no sólo hace visible un mundo velado, también lleva a cabo una acción inesperada: propone encuentros no sexuales. Una acción que cambia la economía de Grindr con una propuesta naïve y subversiva a la vez: ¿y si en lugar de encontrarnos a coger nos juntamos a contarnos anécdotas de infancia?

CHATS Y BOTELLAZOS

Estaba pactado que la obra se realizara en Berlín del 5 al 15 de octubre, pero después de cinco días de encierro, Dries desató una polémica por Facebook que provocó manifestaciones frente al container. Al principio todo funcionó muy bien. Dries contactó hombres que durmieron con él en su cama (sin sexo), que jugaron al ajedrez y cocinaron panqueques. Entre ellos, Parker Tilghman, drag queen del under berlinés. Luego de hacer contacto a través de Grindr, Tilghman acudió a la cita, descubrió sus mensajes proyectados en la pared del container, se sintió ultrajado y entró para moler a golpes al artista. Lo sujetaron los dos invitados que tomaban una sopa con Dries. En su Facebook, Tilghmann caratuló el hecho como una “violación virtual”. El mensaje se volvió viral. Al poco tiempo, todos estaban en contra de Wanna play.

“Al principio hubo una energía positiva increíble con el proyecto. Mucha gente se acercó, y eso me dio seguridad. Seguramente eso influyó en la manera en que entré en relación con X (Dries tiene prohibido nombrar públicamente a Tighmann después del episodio). El se definió como un artista y empezamos a flirtear, a divertirnos. Quedamos en que él vendría a afeitarme la cabeza. A todos los que venían a encontrarse conmigo yo les avisaba siempre que era un proyecto artístico. En este caso no lo hice. Sentí que si lo hacía rompería el hechizo. Lo que yo no sabía del proyecto (recién lo descubrí una vez adentro del container) es lo difícil que es estar dividido entre un yo persona y un yo artista. Mi yo persona pensaba que había que avisarle; mi yo artista quería ver qué pasaba.”

Después del episodio con Tilghmann se volvió cada vez más difícil seguir con el proyecto. Las manifestaciones fueron creciendo, y las personas que contestaban los chats ya no querían flirtear sino hablar del proyecto. En un momento dado, Dries decidió salir a hablar con los que estaban afuera y recibió como respuesta un botellazo. Interrumpió entonces la performance para realizar una charla pública en el teatro HAU (productores de la obra), pero se dio cuenta de que nadie quería escucharlo. “Cada vez que abría la boca, todos me gritaban. Me acusaron de homofóbico, de traicionar a los míos, de hacer visibles nuestros problemas ante el mundo exterior. Tuve la impresión de que la autocrítica no era bien recibida por parte de la comunidad gay. Como si dijeran: somos los sospechosos de siempre, y ahora vos les estás dando más razones para desconfiar de nosotros. Lo que yo quería era romper las reglas del juego para hacer algo extraordinario.”

Finalmente, la performance se canceló. No hubo forma de revertir el efecto. Conversando sobre qué cambiaría si volviera a hacer la obra, Dries responde: “Dejaría bien en claro desde el inicio que es un proyecto artístico. Me acercaría a los hombres como expertos, y les preguntaría cómo son sus vidas desde que existe Grindr”.

Dries empezó el proyecto reflexionando sobre el amor en tiempos virtuales. Recibió amor de muchos que se acercaron a hacer panqueques y odio de otros que gritaron hasta derribar su casa de vidrio. Ahora está en el norte de la Argentina, huyendo del trabajo, el estrés y las manifestaciones.

Desde que llegaste a la Argentina, ¿usaste Grindr?

–Una sola vez, quince minutos, y me sirvió para conocer un buen lugar para ir a bailar. Fui, bailé y conocí a un chico analógico que me mantuvo alejado de las redes sociales por un tiempo.